XII · aquella

Ha decidido dormir, pues de alguna forma todo lo que la rodea es mortal, y su alma es infinita. Viaja a otros mundos. Espacios únicos, desconocidos para aquella, solo sabidos por su mente, la que engatusa nuestros pensamientos, la que te atrapa y te enreda en una tela diseñada para no volar al corazón desde neuronas a arterias. Pero no puede. Regresa. Va y viene. De alguna forma conoce su manipulación y no siente suyos los planetas de varios soles que amanecen en la almohada. No es capaz o no es deseo, pero su lugar está aquí, por eso jamás transciende. No por falta de espíritu, sino por falta de sangre, que bombee emociones que hagan volar una imaginación que la mente no valora y que produce las pequeñas sonrisas o los pequeños detalles que en la realidad, jamás aparecen. Y no es su azul y no rojo lo que corre por su cuerpo, sino es compromiso irreal en una realidad desconocida. 

Es aquella y no ella. La de los sueños, las meditaciones, las ganas y la rabia. Es un sueño, como el que le muestro a usted, pues aquella es la gentil doncella de una irrelevante realidad, que cobra relevancia con el tiempo, que aprendo de aquí y le enseño aquello. 

Aquella es… la que aparece al fondo, girando por la puerta, dejando caer al suelo… los deseos dorados que siempre anhelé.