No quise verlo, no quise comprender como tu silenciosa mirada, la que quedaba fija en la noche fría bajo el Jesús, se perdía en ese recuerdo alejado en una distancia infinita.
Me cegó el inicio de abril, tu compañía tras tantos días de soledad, tu abrazo y tu mano. No quise ver tu sonrisa ante la amistad y tu seriedad ante mi, no quise ver las diferencias ocultadas desde el inicio de enero, no quise ver lo poco que puedo conocerte…
Me cegó la ilusión, que apagaba mi mirada de la oscuridad de un sueño que se desvanecía en la realidad. Certifiqué la falta de luz, con el apagado de la vela, en una noche de estruendo y silencio, del que formabas parte. Seguí tu silenciosa mirada, en el camino nocturno, que me llevaba a la más alta emoción que sin ti no hubiera vivido. Comprendí parte de la motivación del dolor voluntario, oculto, bajo el negro y el morado. Y fue en el final, donde me hiciste ver, la templanza y la energía que se hallan en ti. Pero fueron tus besos en mis mejillas, tu seriedad al mirarme, tu silencio ante mis mensajes, tu insistencia ante mi noticia, la cual nacía en el peor momento, los que trataban de decirme algo… que no quería ver.
Y ese último instante es el que perdura en mi memoria, el que recuerdo con tristeza, el único que me dijo sin palabras, lo difícil de la diferencia.
Y es el llanto, la mirada al suelo, la mente al recuerdo, quienes confían al tiempo un corazón que no dejará de amar ni con el peor de los alientos.
Y es mi mente la que cayó cual jarrón, convirtiéndose en mil pedazos de recuerdo, texto y lágrimas. Trato de recomponer, día a día, lo que un día fue y dejo de ser, ante el silencio de tus mensajes… ante tu silenciosa mirada.