
Caigo mortificado, con las llagas llorando, de aquella fría madera cruciforme.
Caigo al suelo, con la tierra en la boca, con el sudor en la espalda, con el susurro del metal en el cuerpo.
Desciendo del cielo, de donde se cumplen los sueños… a donde se crean, la mente.
Una vez más, mi corazón no entiende el lenguaje de la muerte y sigue latiendo, sin entender las lágrimas de mis manos, la mirada al infinito de mis ojos, el cierre del cuerpo al despertar de cada mañana.
Entonces, siento, y nada más. Y nada más se, que no se lo que siento.
Entonces, recuerdo, y te siento en mi mente apagada. Y grito el silencio de una vida muerta.
Fuiste mi madera. No la que puso fin a mi cuerpo, sino la que acompañó en la última noche al latido de mi corazón. La que cristalizó las lágrimas en las heridas de mi tacto. La que sembró semillas en la tierra de mis labios. La que abrió mis ojos a una realidad donde es posible cumplir, los deseos de unos ojos cerrados en la noche.
Serás mi noche, de olvido y pasión, de agobio y fuga, de hielo y fuego.
Eres… una sonrisa, una broma, un guiño, un sueño cumplido desde aquel cielo, donde permanecía fijado, alejado del camino de cada día.