
Llegaron las tres y dejamos de mirar el reloj. Olvidamos el tiempo y la luz. Hicimos de la noche, un anaranjado rostro. Nos enfundamos en aquel rojo carmesí y buceamos en la mirada.
Sus ojos eran aquella calle, nocturna, solitaria, que se impregnaba de las lágrimas de las nubes, que dibujaba ríos de colores, que plasmaba acuarelas en los adoquines.
Aquella mirada de colores, atrapó mi planeta en su vía láctea y lo fundió entre estrellas verdes y amarillas, de farolas y semáforos.
Fue entre colores, donde se desarrolló el camino de aquel viernes. Fue un paseo sobre recuerdos grises y anécdotas negras, que terminó en aquel amanecer naranja, que firmaba con el mismo color que el atardecer sobre el Cabanyal.
Entre el cruce de primarios, el jarrón de verde cristal se rompió en varios pedazos cian que ahora no se reconstruyen…
El jarrón quedó fundido en la arena en la que ahora duermo, escuchando de fondo… el suave aleteo de la marea, que sube y baja, susurrando con el agua transparente ideas de nuevos colores.
Nuevos colores que desean mis ojos en su calle, que no puede guardar un único trazo de aquel pincel de la noche.
Pero deja marca el rojo primario, en ese jarrón destruido, que necesita tiempo y calma, para albergar los colores de una vida pintoresca. Fue…una huella difícil de borrar, como aquella calle, como aquella mirada de colores.