
Silencio, en el camino de cada noche de regreso a casa.
Tierra de Blasco, bajo el pensamiento de la madrugada.
Sonrisa seria, tras el abrazo cálido entre hielos amados.
Rodeado de multitud, con el ruido arañando intensamente la espera.
El reloj marcó las once y mi cabeza ya rozada la madera de la pared junto a su puerta. Giré la mirada y apareció. Me miró y sonrió. La abracé.
Sin mediar palabra, anduvimos hacia el norte como cada noche, en ese recorrido memorizado por benimaclet.
El tiempo robó nuestras conversaciones y agregó el silencio a nuestra compañía, que se mecía con calma frente a dos copas de vino, y un concierto de jazz, y un sofá del kaf, y dos tapas frente al cristal, y el mar de fondo entre la arena mojada, y una exposición, y una película, y una azotea, y un debate.
No hubo más que pasión, desbordante, palpitante… borrosa, tibia, tenue… pero pasión, que recargaba de sonrisa un corazón vacío.
Nos dijimos adiós, como dijimos hola, frente aquella puerta que permanecía cerrada y que no dejaba escapar ni entrar, ninguna idea de deseo.