
Bajé las escaleras al compás de la forja, sin horquilla ni banzo, caminé con paso lento y pasión viva.
Una larga moneda se extendía estrecha y abarrotada, bajo una alegría contenida y un fondo de estruendo silencioso que hacía de aquel viernes, un año contenido en un día.
La prisa quedó paralizada ante la multitud de túnica y tambor y prendas de noche fría de abril serrano.
El Encuentro continuaba y yo permanecía lento y lejano de su compañía. No de la cruz sino de su mirada bajo el capuz, de su rosario turquesa, de su mano enfundada en aquel blanco sobre el madero, que se anaranjaba en Las Torres de farolines encendidos a las siete del despertar.
Eran las siete y todavía no la había dejado de desear. Pagué La Moneda con calma y rapidez y un instante imborrable, en una calle mágica.
Y la seguí, llevando la ayuda tras de mi, y la busqué sin más compañía que una moneda bordada en recuerdo y en amor.