XXIII · 30 denarios

Treinta denarios pagué en espera frente a tu puerta. Apareciste dorada como el bordado de los estandartes romanos de aquel miércoles santo. Escuchamos juntos el rebote de la horquilla contra la calzada y sentimos abrazados la marcha del olivo y el silencio.
Me sobresaltó la muerte antigua y huiste a escuchar el que no era su final. Con pena regresaste y marchaste a mi lado al son de mi mano.
Me besaste por sesenta sestercios de amor y me olvidaste como a Jesús en el huerto de Getsemaní.
Quedó aquella noche el beso como hielo y olvido, como la cruz entre ladrones en lo alto del Gólgota.