El ser humano es sin duda un animal frágil, pues se dice técnicamente que lo frágil es aquello que no experimenta deformación previa a su rotura, y pese a que nos vistamos de una aparente ductilidad, somos expertos ocultadores de nuestros sentimientos. Es cierto que existen personas de sonrisa permanente o de tenaz seriedad, donde evidencian externamente su interior, pero ello es muestra de su carácter, extrovertido o introvertido, abierto o cerrado. Sin embargo, cuando hablamos de afrontar nuestra vida, de recibir golpes, de asumir errores, de experimentar los límites de nuestro ego, nuestra aproximación a los límites de nuestra rotura sentimental es parecida a la de cualquier copa de cristal.
Nuestra fragilidad no es solo una propiedad intrínseca de nuestro ser, se evidencia en nuestras creaciones. La aparente perpetua catedral de Notre Dameen París vio arder un legado de casi mil años, casi al mismo tiempo que lo hacía la mezquita Al Aqsa, la más importante de Jerusalén. Si un solo día puede llevárselo todo por delante, debemos comprender lo efímero de nuestra existencia, la fragilidad que nos envuelve. Azar o premeditación, quién sabe. La fragilidad de nuestro patrimonio duele en su rotura, como la pérdida de un ser querido por una multitud. Lo vimos en las llamas sobre las basílicas y lo vimos en la destrucción de la ciudad de Palmira en Siria a manos del terrorismo islamista.
Este límite de rotura que experimenta nuestro patrimonio es propio de este tiempo, donde la incertidumbre y la decepción se encuentra en la vida social y política de los países de nuestro planeta. Creación o evolución, quién sabe. Sin duda una continua deformación ambiental que hace de La Tierra un astro dúctil, pero de apariencia frágil en el pensamiento de una sociedad ajetreada, más atenta a su cuenta bancaria, su trabajo y su futuro.
