el paseo junto al hocino

Estaba allí, una vez más, esperándome ante mi descalabro con el reloj.
La miré.
Ella me respondió con ojos y no palabras, pues se deja mirar, pero sin aguantar palabras necias.
Caminamos juntos, a través de la calle Carretería, que se hacía corta en su dichosa rectitud.
Continuamos junto al río, hijo del padre Júcar, cuyo cuerpo da nombre a esa calle que te da la mano hasta el bajo del Parador rocoso.
Y lo peor.
Su gélida cara, que solo cambia con las estaciones.
Y lo mejor.
Su terrible curvatura que termina en los dulces labios gastronómicos ante una mirada entre hoces.

Y acabamos allí, de pie, frente al teatro, incrustado en la roca con guinda iluminada.
Camino lento, por la senda de la derecha, bajo la colgadura de los balcones de madera, de las casas que pisan la hoz del Huécar.
Pusimos fin al ruido, inevitable, pues terminamos aceras y comenzamos tierra y roca.
Y al lado de los huertos, una mirada al cielo, atravesado por el puente de hierro, que une las dos laderas.

Comenzamos la subida a lo alto de la puerta medieval, junto al Archivo Histórico.
Con la mano rozando la astillosa madera que marca el lado derecho del camino, atravesamos el pórtico.
Las flores, cardos y otras plantas silvestres, adornan el paseo junto al Hocino, que caído, aparece tras pequeñas escaleras.
Derruido.
Sirviente de pintadas, de plantas indebidas, de lluvias que entran y no rodean… se mantiene, lo que queda del vivir de Federico.
Y sigue mirando, pero bajo intensa ceguera.
Y sigue iluminando, bajo profunda oscuridad.

La escalera, lo deja atrás y adentra en lo alto de ella.
Y arriba, con ella delante, una vez más, quedó el atardecer en la hoz, con la llanura de fondo y la ciudad nueva apoyada en su colorido.